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TRASTORNOS DEL CEREBRO Y DEL SISTEMA NERVIOSO
CAPITULO 73
Trastornos convulsivos
Una convulsión es la respuesta a una
descarga eléctrica anormal en el cerebro.
El término crisis convulsiva describe varias
experiencias y manifestaciones de la conducta y no es lo mismo que convulsión,
aunque los términos se utilicen a veces como sinónimos.
Cualquier cosa que irrite el cerebro puede producir una convulsión.
Dos tercios de las personas que experimentan una convulsión nunca
tienen una segunda. Un tercio tienen convulsiones recurrentes (una enfermedad
denominada epilepsia).

Precisamente, lo que sucede durante una convulsión
dependerá de qué parte del cerebro ha sido afectada por
la descarga eléctrica anormal. Esta descarga puede afectar a
una pequeña zona del cerebro y hacer que la persona sólo
perciba un olor o sabor extraño, o bien puede incidir en un área
amplia del cerebro y producir una convulsión (sacudidas y espasmos
de los músculos de todo el cuerpo). La persona puede también
experimentar ataques breves de una alteración de la consciencia,
pierde el conocimiento, el control muscular o el control de la vejiga
urinaria (incontinencia urinaria), y sufre un estado de confusión.
Por lo general, las convulsiones están precedidas por auras (sensaciones
extrañas de olores, sabores o visiones, o un fuerte presentimiento
de que va a empezar la crisis). En ocasiones se tratará de sensaciones
agradables y en otras, sumamente desagradables. Estas auras se manifiestan
en el 20 por ciento de las personas afectadas de epilepsia.
El ataque suele durar entre 2 y 5 minutos. Cuando
concluye, la persona puede tener dolor de cabeza, dolor muscular, sensaciones
raras, confusión y fatigabilidad extrema (conocido como estado
poscrítico). Habitualmente, la persona no recuerda qué
sucedió durante el episodio.
Espasmos infantiles y convulsiones febriles
En niños ocurren dos clases de convulsiones
casi exclusivamente. Los espasmos infantiles (crisis salutatorias) se
caracterizan porque el niño, que se halla acostado de espaldas,
de repente hace una flexión brusca de los brazos, flexiona hacia
delante el cuello y el tronco y extiende las piernas. Las crisis duran
apenas unos segundos, pero pueden repetirse muchas veces al día.
Generalmente ocurren en niños menores de 3 años, y más
adelante, muchas de ellas pueden evolucionar típicamente hacia
otras formas convulsivas. La mayoría de los niños con
espasmos infantiles tiene un deterioro mental asociado o retrasos del
desarrollo neurológico; el retraso mental suele persistir en
la edad adulta. Las convulsiones difícilmente se controlan con
fármacos antiepilépticos.
Las convulsiones febriles son consecuencia de la
fiebre en niños entre 3 meses y 5 años de edad. Suele
afectar al 4 por ciento de todos los niños y tienden a ocurrir
en familias. En general un niño que tiene una convulsión
febril tendrá solamente una, y la mayoría de estas convulsiones
dura menos de 15 minutos. Los niños que han tenido convulsiones
febriles son algo más propensos a desarrollar epilepsia más
adelante.
Epilepsia
La epilepsia es un trastorno caracterizado por la
tendencia a sufrir convulsiones recidivantes.
En algún momento el 2 por ciento de la población
adulta tiene alguna convulsión. Un tercio de ese grupo tienen
convulsiones recurrentes (epilepsia). En alrededor del 25 por ciento
de los adultos con epilepsia es posible conocer la causa cuando se realizan
pruebas como un electroencefalograma (EEG), que revela una actividad
eléctrica anormal, o una resonancia magnética (RM), que
puede poner de manifiesto cicatrices en pequeñas áreas
del cerebro. En algunos casos, estos defectos pueden ser cicatrices
microscópicas como consecuencia de una lesión cerebral
durante el nacimiento o después de éste. Algunos tipos
de trastornos convulsivos son hereditarios (como la epilepsia juvenil
mioclónica). En el resto de las personas con epilepsia la enfermedad
se denomina idiopática, es decir, no se evidencia ninguna lesión
cerebral ni se conoce la causa.
Las personas con epilepsia idiopática habitualmente
tienen su primera crisis convulsiva entre los 2 y los 14 años
de edad. Las convulsiones antes de los 2 años de edad suelen
estar causadas por defectos cerebrales, desequilibrios en la sangre
o fiebres elevadas. Es más probable que las convulsiones que
se inician después de los 25 años sean consecuencia de
un traumatismo cerebral, un accidente vascular cerebral u otra enfermedad.
Las crisis epilépticas pueden estar desencadenadas
por sonidos repetitivos, luces centelleantes, videojuegos o incluso
tocando ciertas partes del cuerpo. Incluso un estímulo leve puede
desencadenar las convulsiones en personas con epilepsia. Hasta en las
que no padecen epilepsia, un estímulo muy fuerte puede desencadenarla
(como ciertos fármacos, valores bajos de oxígeno en sangre
o valores muy bajos de azúcar en sangre).
Síntomas
Las convulsiones epilépticas a veces se clasifican
según sus características. Las convulsiones parciales
simples se inician con descargas eléctricas en un área
pequeña del cerebro y estas descargas permanecen limitadas a
esa zona. Según la parte afectada del cerebro, la persona experimenta
sensaciones anormales, movimientos o aberraciones psíquicas.
Por ejemplo, si la descarga eléctrica se produce en la parte
del cerebro que controla los movimientos musculares del brazo derecho,
éste puede presentar espasticidad muscular intensa y contracciones.
Si ocurre en lo más profundo del lóbulo anterior (la parte
del cerebro que percibe los olores), la persona puede sentir un olor
placentero o desagradable muy intenso. La persona con una aberración
psíquica puede experimentar, por ejemplo, un sentimiento de «déjà
vu», por el que un entorno desconocido le parece inexplicablemente
familiar.
En las convulsiones jacksonianas, los síntomas
se inician en una parte aislada del cuerpo, como la mano o el pie, y
luego ascienden por la extremidad al mismo tiempo que la actividad eléctrica
se extiende por el cerebro. Las convulsiones parciales complejas (psicomotoras)
se inician con un período de uno o dos minutos durante el cual
la persona pierde contacto con su entorno. La persona puede tambalearse,
realizar movimientos involuntarios y torpes de brazos y piernas, emitir
sonidos ininteligibles, no entender lo que los demás expresan
y puede resistirse a que le presten ayuda. El estado confusional dura
unos minutos y se sigue de una recuperación total.
Las crisis convulsivas (gran mal o convulsiones
tónico-clónicas) se inician en general con una descarga
eléctrica anormal en una pequeña área del cerebro.
La descarga se extiende rápidamente a las partes adyacentes del
cerebro y causan la disfunción de toda el área. En la
epilepsia primaria generalizada, las descargas anormales recaen sobre
un área amplia del cerebro y causan una disfunción extensa
desde el principio. En cualquier caso, las convulsiones son la respuesta
del organismo a las descargas anormales. Durante estas crisis convulsivas
la persona experimenta una pérdida temporal de consciencia, espasticidad
muscular intensa y contracciones en todo el cuerpo, giros forzados de
la cabeza hacia un lado, rechinar de dientes (bruxismo) e incontinencia
urinaria. Después, puede tener cefalea, confusión temporal
y fatigabilidad extrema. Habitualmente la persona no recuerda lo sucedido
durante la crisis.
El pequeño mal (crisis de ausencia) suele
iniciarse en la infancia antes de los 5 años de edad. No produce
convulsiones ni los demás síntomas dramáticos del
gran mal. En cambio, la persona tiene episodios de mirada perdida, pequeñas
contracciones de los párpados o contracciones de los músculos
faciales que duran de 10 a 30 segundos. La persona está inconsciente,
pero no cae al suelo, no se produce colapso ni presenta movimientos
espásticos.
Actividad cerebral durante una crisis
convulsiva
Un electroencefalograma (EEG) es un registro
de la actividad eléctrica del cerebro. El procedimiento
es sencillo e indoloro.
Se fijan unos 20 electrodos al cuero cabelludo y se registra
la actividad cerebral en condiciones normales. Entonces la persona
es expuesta a varios estímulos, como luces brillantes
o centelleantes con el fin de provocar una crisis convulsiva.
Durante ésta, la actividad eléctrica del cerebro
se acelera produciendo un patrón desordenado en forma
de ondas. Estos registros de las ondas cerebrales ayudan a identificar
la epilepsia. Diferentes tipos de crisis convulsivas tienen
distintos patrones de ondas.
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En el estado epiléptico (status epilepticus),
el más grave de los trastornos convulsivos, las convulsiones
no se detienen. El estado epiléptico es una urgencia médica
porque la persona tiene convulsiones acompañadas de intensas
contracciones musculares, no puede respirar adecuadamente y tiene extensas
(difusas) descargas eléctricas en el cerebro. Si no se procede
al tratamiento inmediato, el corazón y el cerebro pueden resultar
permanentemente lesionados y puede sobrevenir la muerte.
Diagnóstico
Si una persona presenta una pérdida de consciencia,
desarrolla espasticidad muscular con sacudidas de todo el cuerpo, presenta
incontinencia urinaria o de repente sufre un estado de confusión
mental y falta de concentración, puede que esté afectada
de una crisis convulsiva. Pero las verdaderas convulsiones son mucho
menos frecuentes de lo que supone la mayoría de las personas,
porque gran parte de los episodios de inconsciencia de corta duración
o de manifestaciones anómalas de la conducta no se debe a descargas
eléctricas anormales en el cerebro.
Para el médico puede ser de mucha importancia
la versión de un testigo ocular del episodio ya que éste
podrá hacer una descripción exacta de lo ocurrido, en
tanto que la persona que ha sufrido la crisis no suele estar en condiciones
para referirlo. Es preciso conocer las circunstancias que rodearon el
episodio: con qué rapidez se inició, si se observaron
movimientos musculares anormales como espasmos de la cabeza, cuello
o músculos de la cara, mordedura de la lengua o incontinencia
urinaria, cuánto tiempo duró y con qué rapidez
logró restablecerse el afectado. El médico necesitará
igualmente conocer qué es lo que la persona experimentó:
¿Tuvo alguna premonición o señal de que algo inusual
le iba a suceder? ¿Sucedió algo que pareciera precipitar
el episodio, como ciertos sonidos o luces centelleantes?
Aparte de tomar nota de la descripción de
los hechos, el médico basará el diagnóstico de
trastorno convulsivo o de epilepsia en los resultados de un electroencefalograma
(EEG), que mide la actividad eléctrica del cerebro. Se trata
de una prueba que no ocasiona dolor ni presenta ningún riesgo.
Los electrodos se fijan sobre el cuero cabelludo para medir los impulsos
eléctricos dentro del cerebro. En ocasiones, los EEG se programan
cuando la persona ha permanecido deliberadamente despierta durante un
período de 18 a 24 horas, porque es más probable que se
produzcan las descargas anormales cuando se ha dormido muy poco.
El médico estudia el registro del EEG para
detectar alguna evidencia de descargas anormales. Aunque el episodio
no ocurriera durante el registro del EEG, puede que existan estas anormalidades.
Sin embargo, debido a que el EEG se realiza durante un período
corto de tiempo, esta prueba puede pasar por alto la actividad convulsiva
y aparecer un registro normal, incluso cuando la persona es epiléptica.
Una vez que se diagnostica la epilepsia, se suelen
necesitar pruebas complementarias para buscar una causa con posibilidades
de tratamiento. Los análisis sistemáticos de sangre miden
la concentración en sangre de azúcar, calcio y sodio,
determinan si la función del hígado y riñones es
normal y permiten hacer un recuento de los glóbulos blancos puesto
que un número elevado de éstos puede ser un indicio de
una infección. A menudo el médico solicita un electrocardiograma
para comprobar si la causa de la pérdida de consciencia fue consecuencia
de una arritmia cardíaca que produjo un riego sanguíneo
insuficiente del cerebro. Por lo general, el médico también
solicita una tomografía computadorizada (TC) o una resonancia
magnética (RM) para descartar un cáncer en el cerebro
y otros tumores, un ictus antiguo (accidente cerebrovascular), pequeñas
cicatrices y lesiones producidas por traumatismos. En ocasiones se requiere
practicar una punción lumbar para determinar si la persona tiene
una infección cerebral.
Tratamiento
Si existe una causa que puede tratarse, como un
tumor, una infección o valores sanguíneos anormales de
azúcar o sodio, antes que nada se pone remedio a esta situación.
Las convulsiones en sí pueden no requerir tratamiento una vez
que se haya controlado el problema médico. Cuando no se encuentra
una causa o bien no es posible controlar ni curar el trastorno completamente,
puede ser necesario administrar fármacos anticonvulsivantes con
el objeto de prevenir la aparición de nuevas convulsiones. Solamente
el tiempo podrá determinar si la persona tendrá más
convulsiones. Un tercio de las personas sí tienen convulsiones
recidivantes, pero el resto tan sólo habrán sufrido una
única convulsión. Por lo general, no se considera necesaria
la medicación en los casos de un solo episodio, pero sí
para los casos recidivantes.
Las convulsiones se deben prevenir por varias razones.
Las contracciones musculares rápidas y violentas entrañan
un riesgo de heridas por golpes e incluso pueden producir fracturas
de huesos. La pérdida súbita de consciencia puede causar
lesiones graves por caídas y accidentes. La actividad eléctrica
turbulenta del gran mal puede producir cierto daño en el cerebro.
Sin embargo, la mayoría de las personas con epilepsia experimenta
a lo largo de su vida docenas de convulsiones sin sufrir una grave lesión
cerebral Aunque una única convulsión no deteriora la inteligencia,
los episodios de convulsiones recidivantes sí pueden afectarla.
El tratamiento con fármacos anticonvulsivantes
puede controlar por completo las crisis de gran mal en el 50 por ciento
de las personas con epilepsia y reducir en gran medida su frecuencia
en otro 35 por ciento. Los fármacos son algo menos eficaces para
las crisis de pequeño mal. La mitad de las personas que responden
a la terapia farmacológica pueden con el tiempo dejar el tratamiento
sin que se produzcan recidivas. Ningún fármaco controla
todos los tipos de crisis convulsivas. En algunas personas, las convulsiones
pueden controlarse con un solo fármaco mientras que otras necesitarán
varios.
Dado que el estado epiléptico es una urgencia
médica, los médicos deben administrar lo antes posible
dosis elevadas de un fármaco anticonvulsivante por vía
intravenosa. Durante una crisis prolongada se toman precauciones con
el objeto de que no se produzcan lesiones.
A pesar de sus indudables efectos beneficiosos los
fármacos anticonvulsivantes pueden también tener efectos
secundarios. Muchos causan aturdimiento, pero, paradójicamente,
en los niños pueden producir hiperactividad. Periódicamente
el médico solicita los análisis de sangre con el fin de
controlar si el fármaco está afectando a los riñones,
al hígado o a las células sanguíneas. Se debe prevenir
a las personas que toman fármacos anticonvulsivantes de los posibles
efectos secundarios e indicarles que deberían consultar a su
médico al primer síntoma.
La dosificación de un anticonvulsivante es
de crucial importancia, debe ser lo suficientemente elevada como para
prevenir las convulsiones pero no tanto como para ocasionar efectos
secundarios. El médico ajusta la dosis después de preguntar
acerca de los efectos secundarios y de comprobar los valores en sangre
del fármaco. Los anticonvulsivantes deberían tomarse siguiendo
el modo de prescripción de forma estricta y no debería
utilizarse ningún otro fármaco al mismo tiempo sin la
autorización del médico, porque podría alterar
la cantidad del anticonvulsivante en sangre. Los pacientes que toman
anticonvulsivantes deberían visitar al médico con regularidad
para un posible ajuste de la dosis y siempre deberían llevar
una pulsera de alerta médica con el diagnóstico del trastorno
convulsivo y el nombre del fármaco utilizado.
En general los pacientes con epilepsia tienen un
aspecto y una conducta normal entre las crisis y pueden llevar también
una vida normal. Sin embargo, tendrán que adaptar algunas de
sus costumbres y pautas de conducta. Por ejemplo, las bebidas alcohólicas
están contraindicadas en personas con predisposición a
las convulsiones. Además, la legislación de algunos países
prohíbe la conducción de vehículos a las personas
con epilepsia hasta que no hayan presentado ninguna convulsión
por lo menos durante un año.
Se debería enseñar a un familiar o
a un amigo la forma de realizar los cuidados de urgencia en caso de
una crisis convulsiva. Aunque algunas personas piensan que debe protegerse
la lengua del afectado, tales esfuerzos pueden hacer más daño
que bien. Los dientes pueden verse afectados o la persona puede morder
a quien le ayuda, sin darse cuenta de ello debido a la intensa contracción
del músculo de la mandíbula. Los pasos importantes a seguir
son: proteger a la persona de una caída, aflojar la ropa del
cuello y colocar una almohada debajo de la cabeza. La persona en estado
de inconsciencia debe colocarse de costado para facilitar la respiración.
Nunca debería dejarse sola a una persona que haya tenido un trastorno
convulsivo hasta que ésta despierte completamente y pueda desenvolverse
con normalidad. Es prudente dar cuenta de lo sucedido al médico
de cabecera.
En el 10 al 20 por ciento de las personas con epilepsia,
los fármacos anticonvulsivantes solos no podrán prevenir
las recidivas de las crisis. Si se logra identificar como causante del
trastorno a un área concreta del cerebro y ésta es pequeña,
el problema puede resolverse tras la resección quirúrgica
del foco epiléptico. En las personas con varios focos convulsivos
o las que tienen convulsiones que se extienden rápidamente a
todo el cerebro, puede resultar eficaz la resección quirúrgica
de las fibras nerviosas que conectan los dos lados del cerebro (cuerpo
calloso). La cirugía sobre el cerebro solamente se considera
en el caso de que los tratamientos farmacológicos no sean efectivos
o si sus efectos secundarios no pueden asumirse.